Por Renee Rojas
Aquella tarde, mi mente seguía rodeando mi rutina, mis ojos miraban como caía el día. Ni remotamente podía, si quiera pensar, lo que al final de la tarde sucedería.
Esta historia, relata un comienzo de un día donde ver sus letras solo podía, sin mayor preocupación bastaron simples risas y sonrisas que de nuestras conversaciones salían.
Pude haber sido uno más del repertorio, igual ella entre mis numerosos directorios, pero he allí donde el EQUIVOCO es el ridículo protagonista de nuestro ahora circulo vicioso.
Esa tarde, aquella tarde, Oh! Que tarde aquella. Hubo una nueva oportunidad para que nuestras letras se encontraran así mismas (en línea), mi espontánea sonrisa y sus rosadas mejillas una vez más encontraron simpatía, solo que está vez hubo ciertas intenciones por encima, no bastaba leer letras sonreídas, por lo que surgió el maravilloso impulso de vernos ese día. Bastaron dos frases, quizás las frases más inteligentes y acertadas de nuestra historia “¿Te parece?” y la otra, “¡Muy bien!”, aquí no valió un “por ahora” ni mucho menos “¿Mañana a otra hora?”… Era en ese preciso momento o de lo contrario no estuviese aquí contando esta historia.
Me enrrumbé a mi destino y salí a su encuentro. Estando ya en lo acordado, echó a rodar nuestra historia de enorme contento…
Primero me senté, pero me comía la intriga, quería esconderme y así no sentirme en tanta agonía. Decidí levantarme, caminé, observé, y detenía la miraba con impaciencia a ver si encontraba algún parecido con aquellas mejillas rosadas. Pero cometía una grandísima estupidez, lo sé, aquellas mejillas no tienen comparación alguna. Y apareció, cuando miré el final de aquel pasillo y pude ver aquella misma imagen que disfrutaba en estática cuando nuestras letras se encontraban en línea entendí la razón de mi desesperación. Exactamente y hasta mejor era lo que venía hacia mi, todo lo que yo esperaba.
Aquel abrazo, fue único, jamás podré olvidarlo, inmediatamente ese aroma que todavía se pasea por mi sentido del olfato me envolvió en una dimensión que me puso a girar cada neurona de mi cerebro y que aún persiste dentro de mí y se activa tan solo con recordarla… Inmediatamente fuimos a sentarnos y esa acción quizás fu la mayor tortura de mi vida, tener que ver el movimiento de sus labios, que ya pasaban a ser junto con sus mejillas dos de las partes que tanto me encantaban de su esplendor; bajo rima describo: Mientras más gente pasaba, mi corazón se ensanchaba, mis latidos aumentaban, ella seguía sentada, me desesperaba mientras veía su labia rosada… Los minutos se consumían pero mis ganas de besarla no se extinguían.
Como podía aguatarme a no verla, si volteaba el rostro para no visualizarla, automáticamente el olor, aquel aroma obligaba a mi cara llevar mi nariz lo más cercano de ella posible. Y entramos en el juego de seducción que me hizo sudar más de lo normal, respirar cerca de su oreja y ella de la mía, no saciaba aquel torrente de sangre que por dentro hervía nuestros cuerpos.
Me conformé con tocar su oreja como rutina de mi mal acostumbrada personalidad, pero fue peor el remedio que la enfermedad, pues se desato dentro de mí un impulso desenfrenado que me volvía loco, no podía rozar su rosada labia porque aún sabiendo que quizás ella podía reaccionar favorablemente la pena me mantenía casi estático. Pero todo valió la pena, aquella tarde terminó allí, bajo lujuria, bajo deseo, con toda mi alegría levantada, y quizás otras partes de mi cuerpo también.
Luego de un rato, su intriga por saber que me había parecido la desesperaba y decidió preguntarme, más mi respuesta no fue extensa, o no fue la que ella esperaba, aún mi personalidad ridícula e inhumana no me permitía demostrarle lo magnifico que había sido para mi esa tarde. Sin embargo, ya para mi era un hecho lo mucho que me gustaba. Pasa el día, las horas, y mi espontaneidad decide ofrecer un entorno más íntimo, y al hacer la propuesta su primer semirechazo causó en mi un auge con una profundidad incalculable que sencillamente destrozó mis ánimos de cualquier cosa, más allá mi impulso de hombre insiste y entre tantos traspiés logré encontrar una previa aceptación que alegró de alientos a mi corazón.
Acordada nuestra pasión y según ella “sin ningún deseo de excitación” se oscurecieron nuestras iluminadas 4 paredes y bajo una sabana blanca, en tono fogoso y apasionante describo:
Permiteme poder besarte,
y al mismo tiempo arrasante,
demostrarte cuanto te deseo.
Con lujuria y fuego eterno,
poder saborear tu cuello,
acariciando la geometría de tus senos,
bajo mi mente al intermedio.
Seduzco y excito la abertura de la locura,
mientras en desenfreno acaricio con pasión y ternura,
lo que une nuestras almas, en aquellas 4 paredes oscuras,
bajo esas sabanas blancas.
Una vez alcanzado el tope de nuestros corazones en desborde, logré penetrar mi espíritu dentro de su alma, y esa sensación inagotable de amor y pasión que aún recuerdo como si hubiese sido hace minutos y no meses me hizo explotar un fuego interno que derramó esa mezcla de su liquido excitante con olores a feromonas y mi sangre blanca producto de una primera jornada finalizada entre besos y gotas de sudor, mostrando en nuestros ojos la satisfacción de dos latidos que palpitaban a un mismo son. Y a penas comenzó nuestra tarde…
Recuerdo las 4 paredes transparentes que sin importar el agua fría de igual forma se empañaban los vídriales, puesto que bastaron unas simples caricias de lo delicado de la palma de su mano para volver a calentar el ambiente; la fricción del jabón y su cuerpo masajeaba cada parte de mi mientras caía el agua encima, y yo mi lengua en su boca. No dio el tiempo para salirnos y pasamos de sabanas blancas a sabanas de agua y la ducha fue la cama de aquel segundo episodio. El sonido del agua caer en el suelo y sus gemidos apasionante entre los míos desesperantes se unieron en una melodía que la apodo de este momento como “el sonido de la pasión”.
Vicio y chocolates para no perder aroma ni las auroras del camino de nuestra tarde…
Para aquel tercer episodio, su atrevido impulso de mujer la llevó a colocar su esplendor encima de mi aún animado espíritu y con arrasante fuerza penetró su estado seductor que esta vez más agotador después de muchos movimientos apasionantes la hizo culminar una faena placentera y con sudor en aquellas mejillas ya no rosadas si no rojas y cansadas nuestra historia sexual de firme arraigo literal. Posando su rostro en mi pecho se fue secando poco aquel sudor que esparcía un olor extasíante y para esos dos cuerpos ya inclementes permitió cerrar los ojos por unos minutos recordando y saboreando el dulce deseo de la exhaustación.
Culminó aquella novela, y enrrumbamos otra vez nuestro camino de destino distintos, pero con la conformidad de que logramos marcar y subrayar un trazado entre nubes de aterciopelado, nuestro AMOR. Y quizás sin saberlo, pudo ser esa tarde, el proceso de unificación de nuestras almas, que le da explicación actualmente al no saber ni tener coherente a las incógnitas que nos hacemos a diario, ¿por qué no puedo dormir sin saber de ella? ¿Por qué no puedo tan solo irme y decirle: “te veo mañana”, si no que me muero por comérmela en ganas? ¿Por qué, te adoro tanto, por qué te amo tanto, por qué, por qué, por qué…?
Sea lo que sea, ¡Prefiero quedar ignorante a mis preguntas y disfrutar de su boca en cada beso que me toca!
Tuve un sueño, un sueño real, ahora palpable, un sueño que me hace sentir que te amo, que te adoro y te deseo.
Tuve un sueño, tan real del cual jamás quiero despertar.
martes, 26 de abril de 2011
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
